Darío soñó la Revolución Popular Sandinista y escribió la Marcha Triunfal

Por Amaru Ramírez Avendaña

La Marcha Triunfal del 20 de Julio de 1979

¡Ya viene el cortejo! 
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines, 
la espada se anuncia con vivo reflejo; 
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines. 

De los semáforos de Linda Vista, una cuadra al oeste, como quien va para la Cuesta El Plomo, en la propia esquina, a mano izquierda, ahí estabamos nosotros. Ya había pasado la euforia del 17 de julio, la huída de Somoza, también había pasado la incertidumbre de la jugada que quiso hacer Francisco Urcuyo Maleaños, que dijo que iba a quedarse a terminar el período presidencial de Somoza que concluía en 1981, pero la fuerzas del Frente Sandinista avanzaban incontenibles hacia la capital. Y también huyó.

Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes, 
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas 
la gloria solemne de los estandartes, 
llevados por manos robustas de heroicos atletas. 
Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros, 
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra, 
los cascos que hieren la tierra 
y los timbaleros, 
que el paso acompasan con ritmos marciales. 
¡Tal pasan los fieros guerreros 
debajo los arcos triunfales! 

Aunque el triunfo de la revolución fue proclamado el 19 de julio, los frentes de combate sandinistas aun no entraban a la capital, pero si estaban ya en la víspera el Frente Sur “Benjamín Zeledón”, el Frente Norte “Carlos Fonseca”, el Frente Central “Pablo Úbeda”, el Frente Oriental “Carlos Roberto Huembes”, el Frente Occidental “Rigoberto López Pérez”, el Frente Sur-Oriental “Camilo Ortega”, en las áreas de Masaya y Carazo; y el Frente Interno, que había combatido 17 días en Managua y luego realizó el histórico Repliegue hacia Masaya, reforzando a las fuerzas sandinistas en Masaya, Carazo y Granada.

Los claros clarines de pronto levantan sus sones, 
su canto sonoro, 
su cálido coro, 
que envuelve en su trueno de oro 
la augusta soberbia de los pabellones. 
Él dice la lucha, la herida venganza, 
las ásperas crines, 
los rudos penachos, la pica, la lanza, 
la sangre que riega de heroicos carmines 
la tierra; 
de negros mastines 
que azuza la muerte, que rige la guerra. 

En Managua no habían guardias somocistas, ellos mismos se habían despojado de sus uniformes y con temor de la justicia del pueblo se habían marchado en desbandada, algunos vestidos de mujer hacia Costa Rica, pero la mayoría hacia Honduras.

Los áureos sonidos 
anuncian el advenimiento 
triunfal de la Gloria; 
dejando el picacho que guarda sus nidos, 
tendiendo sus alas enormes al viento, 
los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria! 

En la mañana del 20 de julio, salimos de nuestra casa hacia esa esquina, buscando un lugar para ver la entrada de los guerrilleros que llegaban triunfantes a Managua, provenientes de León y Chinandega.

Estoy seguro que Darío soñó con el 20 de julio de 1979 cuando escribió La Marcha Triunfal.

El pueblo inundó las calles de alegría y júbilo. Con apenas 7 años, pero semi-conciente del momento histórico, inicié la única misión: buscar entre todos los rostros de los combatientes a mi papá.

Ya pasa el cortejo. 
Señala el abuelo los héroes al niño. 
Ved cómo la barba del viejo 
los bucles de oro circunda de armiño. 
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores, 
y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa; 
y la más hermosa 
sonríe al más fiero de los vencedores. 
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera 
honor al herido y honor a los fieles 
soldados que muerte encontraron por mano extranjera! 

¡Clarines! ¡Laureles! 

Vimos pasar a centenares de vehículos, camionetas, camiones, rastras, todos llenos de guerrilleros victoriosos que levantaban sus fusiles y sonreían en señal de felicidad. La gente les tiraba flores, les gritaba. ¡Viva Sandino! Y ellos contestan ¡Viva! y así las consignas de aquella época: ¡En la Montaña enterraremos…el corazón del enemigo!. Después que la caravana entró completanente rumbo a la Plaza de la República, que se convertiría ese mismo día y para siembre en Plaza de la Revolución, nos fuimos a casa.

Las nobles espadas de tiempos gloriosos, 
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros 
las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos, 
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros. 
Las trompas guerreras resuenan: 
de voces los aires se llenan… 

Más tarde don Rolando en su camioneta de tina, nos acercó a la plaza. Nos dejó en los alrededores de lo que es hoy el polideportivo Alexis Argüello. Luego nos dirigimos a la plaza, en el trayecto vimos combatientes sandinistas por todos lados, yo siempre con mi misión clara, mientras mi mamá no me soltaba la mano, al otro lado, caminaba mi hermano menor Camilo que acababa de cumplir seis años.

Pasamos por donde hoy está el parque Luis Alfonso Velásquez Flores, hacia el norte. Eran manzanas llenas de guerrilleros y de escombros que la dictadura de Somoza jamás reconstruyó después del terremoto de 1972, que demolió nuestra capital.

Yo estaba impresionado de todo lo que miraba, pero mas de ver a algunos combatientes disparar al aire sus fusiles Garand, Fal, M-16, Galil, etc.

Ya en las inmediaciones del costado este del Palacio de Cultura, vimos un camión del Benemérito Cuerpo de Bomberos, arriba iba la Junta de Gobierno de Reconstruccion Nacional, que avanzaba muy lentamente entre la multitud.

No sé como hizo mi mamá para llegar con nostros hasta adentro del Palacio, ahí cerquita de las escaleras centrales, recuerdo clarito que mi mamá platicaba con un hombre vestido de verte olivo, con gorra del mismo color. Yo lo quedaba viendo hacia arriba y él me ponía la mano en la cabeza: era el Comandante Tomás Borge, quien había estado clandestino en nuestra casa. Después de esa corta plática, mi mamá nos llevó a casa, volvimos sin mi papá.

A aquellas antiguas espadas, 
a aquellos ilustres aceros, 
que encarnan las glorias pasadas… 
Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas, 
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros, 
al que ama la insignia del suelo materno, 
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano, 
los soles del rojo verano, 
las nieves y vientos del gélido invierno, 
la noche, la escarcha 
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal, 
¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal!…

En casa, mi madre llena de felicidad le contó a mi abuelita Adilia (paterna) la plática con el Comandante Borge: “doña Adi, me dijo Tomás que William está vivo(mi abuelita rompió a llorar de felicidad), que no pudo llegar a la plaza (mi papá) ni puede venir a la casa porque está trabajando en la organización de la nueva Managua, que en unos dias vendrá”. Vimos a mi papá en la primera comparecencia desde las instalaciones del Canal 6 de televisión que quedaba ahí mismo (en Las Palmas) donde queda hoy en día. Exhortaba a la población y a las fuerzas sandinistas al orden, para la construcción de la nueva Nicaragua.  El lunes 23 de julio, por la noche llegó por fin mi papá a la casa para seguir iluminando nuestras vidas.