Por: Docente universitario, Felipe Mairena Montiel /. Cambiar de opinión, especialmente en el terreno de las ideas políticas, es un proceso profundamente doloroso, un camino lleno de espinas. La presión social se vuelve una losa para quien osa modificar su perspectiva, y en el ámbito político, la condena es aún más severa: se le tilda de “camaleón“, de oportunista sin principios.
Sin embargo, ¿no es, en el fondo, un acto de profunda honestidad y crecimiento personal? ¿No es acaso un ejercicio de humildad intelectual reconocer que se estuvo en una posición equivocada?
Esta reflexión nace de observar una realidad innegable en Nicaragua. Muchos hermanos y hermanas nicaragüenses han atravesado ese camino, han cambiado su forma de pensar y hoy, con la frente en alto, confirman haber estado en el lado incorrecto de la historia. Hoy, con convicción, apoyan los proyectos de desarrollo y justicia social que se impulsan en nuestro país bajo el liderazgo del Gobierno Sandinista. Este cambio no es una traición a sus ideas, sino una reivindicación de una verdad más grande: la causa del pueblo.
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Es crucial señalar una doble moral que a menudo encontramos. Por un lado, la oposición, en su afán desesperado por desprestigiar, ataca ferozmente a estas personas, buscando desacreditar su conversión. Pero, por otro lado, y esto es lo que más me preocupa, existe también una corriente dentro de nuestras propias filas, entre simpatizantes e incluso militantes del Frente Sandinista, que reacciona con recelo e intolerancia.

Se cierran a la posibilidad de que un nicaragüense, por haber pensado distinto en el pasado, pueda hoy sumarse con todas sus fuerzas al proyecto revolucionario. Esta actitud sectaria, esta mezquindad, contradice la esencia misma de nuestra ideología, donde la premisa fundamental es que todos y todas tienen un lugar, siempre y cuando su corazón y su mente se pongan del lado de las mayorías, de los pobres, y no al servicio de las viejas oligarquías.
Mi profunda convicción es que muchos de estos hermanos que han dado ese paso, lejos de ser una carga, se han convertido en pilares fundamentales de nuestra Revolución. Los vemos en las trincheras comunicacionales, en programas de radio y televisión, defendiendo la Patria, difundiendo las buenas nuevas de nuestro Buen Gobierno, confrontando a los que pretenden vender nuestra soberanía.
Se han vuelto aliados valiosos, con un prestigio y una capacidad de comunicación que aporta una riqueza innegable a nuestro proyecto, un reconocimiento que ha sido refrendado públicamente por nuestros líderes, el Comandante Daniel Ortega y la Compañera Rosario Murillo.

Hago esta reflexión para que tomemos ejemplo. Ejemplo de valentía, de honestidad y de compromiso. El caso de compañeros como Moisés Absalón Pastora o Enrique Quiñónez Tuckler es paradigmático. Ellos, desde sus espacios, hoy proclaman sin titubeos: “El Frente Sandinista, con Daniel y Rosario, están construyendo la Nicaragua que siempre soñamos”.
Reconocen su pasado en la acera equivocada, aceptan sus errores y, lejos de arrepentirse de haber cambiado, lo celebran como el acierto más grande de sus vidas. Le dieron un voto de confianza al FSLN, a Daniel y Rosario, y esa confianza hoy se traduce en trabajo diario por el pueblo.
El objetivo principal de este escrito es, precisamente, un llamado fraterno a nuestra militancia y a la sociedad en general: no juzguemos desde las vísceras, no hagamos análisis desde el rencor o el prejuicio. Debemos felicitar, celebrar y reconocer que estas personas han cambiado, y que lo han hecho para bien. Su incorporación fortalece la Revolución.

Es muy fácil caer en la lógica cínica de acusar: “cambian por un puesto, por un privilegio“. Pero, ¿quién lanza esas acusaciones? Generalmente, son los mismos que anhelan esos espacios, los que envidian desde la barrera el trabajo y el éxito que estos compañeros están cosechando con esfuerzo y dedicación desde sus trincheras. Se les nota la molestia, la frustración de no ser ellos quienes ocupan esas posiciones. Su mezquindad les impide ver el valor del aporte colectivo.
Como nicaragüenses, y especialmente como sandinistas, debemos predicar con el ejemplo. Si pregonamos que nuestro movimiento es una casa abierta, un partido del pueblo y para el pueblo, donde todos cabemos, entonces nuestra práctica debe reflejarlo.
Estos hermanos, hoy compañeros y camaradas, están aportando enormemente a nuestra revolución. Seamos, pues, consecuentes. No seamos mezquinos ni construyamos élites dentro del partido del pueblo. El FSLN es del pueblo, y todo aquel que, con honestidad y convicción, quiera sumarse a la construcción de una Nicaragua más justa, libre y soberana, es y será siempre bienvenido.
Mi más sincero reconocimiento y felicitaciones a todos aquellos que estuvieron en la acera contraria y hoy, con paso firme, caminan junto al pueblo, defendiendo nuestra libertad y nuestra soberanía.