Por: Leandro Fierro /. A casi 10 mil kilómetros de Nicaragua se encuentra una de las zona más inhóspita del planeta, hasta hace unos cuantos años desapercibida por el decadente imperio norteamericano. El Ártico, un océano cubierto de hielo ha sido el escenario de la Ruta Marítima del Norte (RMN), que la Federación de Rusia usa para su comercio con Asia y Europa.
Por años esta arteria del comercio ha sido exclusivamente usada por el Kremlin, porque hasta la fecha este país ha sido la única potencia del mundo capaz de atravesar con sus rompehielos nucleares esta gran masa de agua congelada hasta con tres metros de espesor, consolidándose de esta manera como líder de la exploración de la zona.
Ni Europa ni Estados Unidos han podido desarrollar un coloso naval con las características de los rompehielos de propulsión nuclear rusos, esperando más bien Washington y Bruselas el descongelamiento de la zona para poder reclamar algo que no han liderado ni han tenido incidencia.
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Desde los tiempos de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas URSS y hasta más reciente en 2007 el Kremlin mantiene una presencia histórica en esta zona prometiendo continuar desarrollando la región, independientemente de los pronósticos del tiempo, si llegase a descongelarse El Ártico por el calentamiento global o se torna más frio producto de otros efectos naturales.
Lo cierto es que El Ártico ha cobrado notoriedad, tras el interés del inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump de querer apoderarse mediante la compra o toma militar de la Isla de Groenlandia, cuya soberanía le pertenece al Reino de Dinamarca miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Analistas coinciden que el verdadero interés de EEUU sobre la compra o toma militar de Groenlandia representa el intento del país norteamericano de obtener una base estratégica que le asegure el control de la ruta ártica. En palabra sencillas afirman que Washington desea internacionalizar la Ruta Marítima del Norte de Rusia, sin ningún derecho legal que le ampare.


Ese interés descarado de Washington por El Ártico busca impedir que sus enemigos imaginarios como Rusia y China dominen la zona. Por tanto la Casa Blanca pretende debilitar el control de Rusia sobre la Ruta Marítima del Norte la cual el país euroasiático considera como arteria de su transporte nacional.
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La paranoia norteamericana le ha llevado a referir la supuesta incapacidad de Dinamarca para defender adecuadamente la Isla de Groenlandia de la imaginaria amenaza rusa y china, lo que le ha generado un conflicto de interés con sus antiguos socios europeos y hasta con la propia OTAN.
La presión de Washington ha llevado a sus antiguos socios como Alemania, Francia, Noruega y Reino Unido a desplegar contingentes militares para defender la soberanía de uno de sus miembros frente la amenaza de un aliado que hasta hace poco era clave. ¨Los analistas aseguran que con este movimiento bélico en Groenlandia, Europa quiere proyectar una “unidad” la cual es frágil ante el poderío militar de la Casa Blanca.
Lo que sí se ha hecho evidente en este conflicto de intereses entre estadounidenses y europeos por El Ártico es la inclinación de la OTAN hacia Europa. La organización trasatlántica le está dando la espalda a su principal creador y financiador como son los norteamericanos.

Este desaire de los dirigentes de la OTAN y sus socios europeos con Washington ha llevado a Donald Trump a considerar seriamente la posibilidad de una retirada estadounidense de la alianza. El inquilino de la Casa Blanca considera esta acción por muchos motivos entre ellos también el conflicto con la República Islámica de Irán.
En esta guerra por más de un mes con Teherán, la OTAN y Europa han prestado oídos sordos a las peticiones de Donald Trump de sumarse a los esfuerzos bélicos de EEUU e Israel para “acabar con Irán” demostrando por segunda ocasión sus desacuerdos y desprecios con la administración del involucrado en el aberrado caso Epstein.
Ya no es solamente por Groenlandia ahora también por la guerra en Irán que la OTAN y Europa han patentado su desplante y humillación con Washington. Lo cierto que en esta historia de ambiciones y desacuerdos entre los antiguos socios, Rusia se alza hasta por la naturaleza como la nación más dominante del Ártico.
Los más de 24 mil kilómetros de costas de Rusia en El Ártico, su liderazgo en la exploración y comercio de esta zona intransitable, convierten al Kremlin hasta por derecho histórico en el país con el mayor dominio de esta región septentrional de la Tierra.