Por: Leandro Fierro /. Estados Unidos, EE.UU., en 203 años de funesta existencia ha mantenido una política exterior agresiva, hostil, nefasta y nada amigable ni diplomática con los países soberanos y dignos de nuestra América. Dos siglos de intervenciones, masacres, guerras, saqueos y golpes de Estado nos dejan en evidencia que el verdadero enemigo de la paz y estabilidad de nuestra región, y ya no digamos de la humanidad, es Washington.
Bastó medio siglo después de su independencia para que los norteamericanos se convirtieran en imperialistas y se comportaran peor que sus colonizadores británicos. Hoy se creen dueños de nuestros destinos y se inmiscuyen en los asuntos internos de nuestros países, señalando con su dedo acusador a los gobiernos que no se doblegan a sus mandatos; sin embargo, su historial de atrocidades los acusa de ser los principales violadores de los derechos humanos del planeta.

El aberrado caso de Jeffrey Epstein, que ha cobrado notoriedad en las últimas semanas, es minúsculo ante la monstruosidad cometida por la Casa Blanca en estos más de 200 años de aplicación de la criminal Doctrina Monroe. Entre 1846 y 1848, Washington aplicó por primera vez esta maléfica política intervencionista al invadir México y anexionarse más del 55 por ciento de su territorio para robarse descaradamente su petróleo.
Es gracias precisamente a esta acción cínica que EE.UU. logra transformar su economía y convertirse en lo que es hoy: una potencia bélica hegemónica. Washington siempre ha justificado ese intervencionismo expansionista como una acción “legítima” para que otras potencias extranjeras del mundo no ejerzan su influencia en lo que ellos llaman su “patio trasero”.
La Doctrina Monroe, cambiada solo de letras por el pedófilo presidente Donald Trump (Doctrina Donroe), ha sido entonces la principal base ilegal y violatoria del derecho internacional que ha utilizado la Casa Blanca en 203 años para intervenir en nuestras democracias.

Estas intervenciones, por supuesto, han contado con la colaboración de los lacayos al servicio de los intereses de la Casa Blanca. Los nicaragüenses los conocemos muy bien tras las intervenciones estadounidenses en 1854, 1912, 1927 y 1980, las cuales despertaron el sentimiento antimperialista de valientes patriotas como el general Augusto C. Sandino y nuestro Príncipe de las Letras Castellanas.
Control total
Desde el retorno al poder de Donald Trump en 2025, EE.UU. ha querido retomar el control absoluto de la región, recurriendo nuevamente a su nefasta doctrina. Trump inició su período amenazando con asumir por la fuerza militar el Canal de Panamá y convertir a su vecino Canadá en un estado más de EE.UU. Gracias a presidentes dóciles, Washington logró su cometido en el país canalero, obligando incluso al gobierno de esta nación centroamericana a anular concesiones a empresas chinas que han colaborado en el desarrollo de su importante ruta interoceánica.
Al igual que la Doctrina Monroe, la Doctrina Donroe busca el dominio exclusivo de la Casa Blanca sobre los recursos naturales de los países de la región. Donald Trump lo ha expresado desvergonzadamente en el contexto venezolano y ha manifestado el control y la explotación indefinida de los recursos petroleros de Caracas para los intereses de las élites estadounidenses.

Es así como los autollamados “defensores de la democracia” se han convertido en los principales violadores de la Carta de las Naciones Unidas al no respetar el principio de igualdad y libre determinación de los pueblos. EE.UU. también ha irrespetado la Resolución 1514 (XV) de 1960, conocida como la Carta Magna de la Descolonización, la cual establece que los pueblos no deben estar sometidos a dominio extranjero.
Fortalecer alianzas
Los nicaragüenses nos hemos dado cuenta de que ser amigos de EE.UU. no ha dejado nada beneficioso para nuestro desarrollo como nación. Los 16 años de los gobiernos neoliberales (1990 a 2006) demostraron que Washington solo se preocupó por alternar en el poder a sus vasallos lamebotas, mientras se hacían de la vista gorda ante su corrupción y el estancamiento del progreso del país.

Por tal razón, ante el posible avance de la nefasta Doctrina Donroe, Nicaragua y los países soberanos de nuestra América deben reforzar sus alianzas estratégicas con la Federación de Rusia y la República Popular China, naciones hermanas que han demostrado en todo momento una cooperación sin condiciones. Estas dos potencias son las únicas que han respetado nuestros principios de libertad, dignidad y autodeterminación.

Pekín ha incrementado en los últimos años el intercambio comercial con los países de nuestra región, superando los 3,58 billones de yuanes. Rusia, en cambio, ha fortalecido la seguridad de nuestras naciones ante el flagelo del narcotráfico.
Ambas potencias, a diferencia de Washington, son promotoras de la paz y la estabilidad mundial. Son promotoras del nuevo orden multipolar que se opone a las acciones unilaterales de las potencias hegemónicas occidentales.

Estar cada vez más cerca de Rusia y China es garantía de seguridad para nuestros pueblos, que por más de 200 años han resistido esta criminal doctrina estadounidense, que lo único que ha facilitado son intervenciones militares unilaterales en nuestra América con sangre indígena.