Los funerales de Rubén Darío: siete días de duelo nacional y una despedida sin precedentes

Los funerales de Rubén Darío, realizados en febrero de 1916 en la ciudad de León, constituyeron las honras fúnebres más multitudinarias, solemnes y apoteósicas en la historia de Nicaragua. Tras su fallecimiento el 6 de febrero de 1916, el país entero se sumió en un duelo nacional que se prolongó durante siete días, reflejo del impacto cultural, político y espiritual del poeta en la nación y en el mundo hispano.

Un duelo que paralizó a Nicaragua

Desde el anuncio de su muerte, León se desbordó de pueblo. Las calles permanecieron abarrotadas día y noche. Campanas doblaron sin descanso, se escucharon cañonazos en señal de luto, y el Gobierno decretó oficialmente duelo nacional. Autoridades civiles, eclesiásticas, delegaciones diplomáticas, intelectuales y ciudadanos comunes se unieron en una sola manifestación de respeto y dolor colectivo.

El féretro fue acompañado durante días por una multitud silenciosa y reverente. No se trató solo de un entierro, sino de una ceremonia de Estado y de pueblo, en la que Nicaragua despedía al hombre que la había puesto en el centro de la literatura universal.

El sepelio en la Catedral de León

El 13 de febrero de 1916, una semana después de su muerte, Rubén Darío fue sepultado en la Catedral de León, el templo más imponente del país. Sus restos descansan en la base de la estatua de San Pablo, cerca del coro, un sitio reservado para las grandes figuras de la nación.

El león de mármol: símbolo eterno

Sobre su tumba fue colocado un león de mármol, obra del escultor nicaragüense Jorge Navas Cordonero. El león simboliza la ciudad de León doliente, pero también la fuerza, la grandeza y la inmortalidad del poeta, convertido desde entonces en guardián eterno de la cultura nicaragüense.

Vestidura y ritual final

El cuerpo de Darío fue preparado con un profundo simbolismo: vestido con una túnica griega, evocando la tradición clásica que tanto influyó en su obra; y coronado con hojas de laurel, símbolo universal del triunfo intelectual y poético.

Así fue entregado a la eternidad el hombre que revolucionó la lengua española.

Un adiós continental

La magnitud de las honras fúnebres trascendió las fronteras nacionales. Periódicos, intelectuales y gobiernos de toda Hispanoamérica siguieron con atención los actos en León. La despedida confirmó lo que ya era evidente en vida: Rubén Darío no pertenecía solo a Nicaragua, sino a toda la lengua española.

Su funeral selló su lugar en la historia como el máximo representante del modernismo y el indiscutido “Príncipe de las Letras Castellanas”.