El comportamiento agresivo tiene un componente neurobiológico, estando mediado a menudo por ciertos rasgos psicológicos, como la impulsividad y la reactividad afectiva. Por la misma razón, existe una relación entre diferentes trastornos que implican dificultades en el control de los impulsos y una mayor frecuencia de episodios agresivos, revelan múltiples estudios.
Aparte de que el cerebro es la base del comportamiento agresivo y violento, la mala alimentación también es un factor de riesgo para los problemas de conducta. En este sentido, los científicos desde hace tiempo han destacado la importancia del omega-3, un ácido graso esencial que desempeña un importante papel en la estructura y función de las neuronas, regulando los neurotransmisores y la expresión génica.
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Según los expertos, el omega-3 puede modular la actividad y la conectividad de áreas cerebrales críticas para el control de los impulsos y la regulación afectiva. En concreto, es capaz de reducir la agresividad, incluidos los arrebatos de ira y las reacciones agudas al estrés, indica un grupo de investigadores de la Universidad de Pensilvania (EE.UU.).
¿Cómo funciona?
Un análisis de 29 estudios previamente publicados, en los que participaron casi 4.000 personas, reveló efectos moderados a corto plazo de la suplementación con el omega-3 en función de la edad, el sexo, el diagnóstico, la duración del tratamiento y la dosis. Se estima que esta intervención se traduce en una reducción del 30 % de la agresividad.
Este ácido graso baja tanto la agresividad reactiva, que es el comportamiento en respuesta a una provocación, como la proactiva, que es la planificada, señalan los investigadores.