Cada vez más famosos se suman a la tendencia de abrir las puertas de su intimidad y contar secretos o situaciones difíciles de su vida a través de sus memorias. En este caso, fue la actriz Hannah Murray de Game of Thrones quién se animó a revelar los momentos más oscuros que atravesó debido a sus problemas de salud mental.
Según ella, el impacto de la fama y la presión por querer abordar sus personajes de la forma más creíble le generó durante años un desgaste físico y mental que la llevó a buscar alternativas para sentirse mejor. Una decisión que tuvo consecuencias catastróficas: primero, llevándola a ingresar en una secta. Luego, a un hospital psiquiátrico donde estuvo internada por un trastorno bipolar.
The Make-Believe: A Memoir of Magic and Madness es el nombre de esta autobiografía que saldrá a la venta a finales de mayo y que explicará la repentina desaparición de la intérprete del foco mediático. Para 2017, Murray ya era una actriz consolidada gracias a su papel como la problemática adolescente Cassie Ainsworth, en Skins, y como la salvaje Gilly en la serie de HBO. Sin embargo, de un día para otro, su presencia pública se redujo notablemente.
En sus memorias, la británica de 36 años cuenta cómo sus problemas de salud mental la llevaron a abandonar los sets en pleno éxito y cómo mientras “buscaba la luz” terminó involucrada en una peligrosa secta.
Según sus propias declaraciones, todo comenzó cuando una sanadora de reiki le ofreció un supuesto tratamiento novedoso, “una especie de magia”, que marcó un punto de inflexión en su vida. A partir de ahí, fue implicándose cada vez más en lo que describe como una “secta del bienestar”, liderada por una figura “carismática” de la que llegó a enamorarse.
Con 27 años y alejada de su familia y sus amigos, la joven quedó abducida por “un control estricto”, rituales, pruebas físicas extremas y una gran exigencia económica con la promesa de conseguir el ansiado equilibrio interior. Según relató, este grupo promovía conductas destructivas relacionadas con la vigorexia y trastornos alimentarios, por lo que sus miembros eran empujados a una obsesión corporal que terminó por destruir la autoconfianza de la actriz.
Al darse cuenta de que había “cedido el control de su vida”, Hannah sufrió una crisis nerviosa que empeoró su estado mental. Ante este hecho, su familia decidió intervenir y la internó en un centro psiquiátrico, donde fue diagnosticada de trastorno bipolar. Esta decisión, aunque involuntaria en un principio, resultó fundamental para que Murray pueda alejarse definitivamente de la influencia del culto.
Tomado de Primera Hora