Venezuela se asienta sobre uno de los bordes tectónicos más activos de América del Sur: el límite entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, dos enormes bloques de la capa más externa de la Tierra que se rozan, se comprimen y acumulan tensión de forma permanente.
La fricción entre esos inmensos bloques se traduce en un dato concreto: el 80 % de los venezolanos vive en zonas de alto riesgo sísmico. El choque entre ambas placas genera una zona de deformación de unos 100 kilómetros de ancho donde se concentra la mayor parte de la población del país.
En medio de ese panorama, ocurrió un fenómeno de singulares y devastadoras características: un doblete sísmico de apenas segundos de diferencia entre un terremoto de magnitud 7,2 y otro de 7,5 que, según el USGS, “ocurrió como resultado de una falla de deslizamiento de ataque poco profunda cerca del complejo límite de la placa entre las placas del Caribe y de América del Sur”.
Un sistema vivo
La placa del Caribe se desplaza hacia el este unos 20 milímetros por año respecto a la Sudamericana. Se trata de un movimiento imperceptible que, acumulado durante décadas, libera energía de forma súbita y devastadora cuando se produce una ruptura.
Este movimiento se enmarca en el conjunto de un importante sistema de fallas de deslizamiento lateral que atraviesan el norte del país, compuesto principalmente por tres fallas: la de Boconó, la de San Sebastián y la de El Pilar.

La primera se extiende unos 500 kilómetros desde el estado fronterizo con Colombia de Táchira hasta la parte meridional del mar Caribe, en el estado Carabobo. La segunda, de una longitud similar, se extiende por la cordillera de la costa. Por su parte, la falla de El Pilar se ubica en el oriente del país, en el estado de Sucre.
Además, esos tres sistemas principales se ramifican e interactúan con otras más de 30 fallas secundarias, algunas de las más conocidas son las de Oca-Ancón, Valera, Victoria y Urica. Todas ellas en constante movimiento y fricción desde hace al menos 11.700 años.
Los terremotos se produjeron casi en la misma ubicación, pero con bastante diferencia en su profundidad. El de menor intensidad (7,2), se produjo a 20 kilómetros de profundidad, mientras que el de magnitud (7,5) lo hizo a una profundidad de 10 kilómetros, lo que ayudó a su potencial destructor.
Un deslizamiento en una gran área
La USGS sostiene que lo sucedido encaja con la ruptura a lo largo del sistema de fallas de San Sebastián, en el punto en que converge con las de Boconó, y que el doblete sísmico “indica un proceso complejo de interacción por ruptura“.

Así, los eventos del pasado 24 de junio estarían relacionados con un deslizamiento de un área de falla de unos 150 kilómetros de largo por 20 kilómetros de ancho.
Para ser conscientes de la complejidad del sistema de fallas en Venezuela basta conocer que en todo el planeta hay 15 placas tectónicas y dos de ellas convergen en Venezuela. Además, una de ellas, la del Caribe, es una placa menor y siente en su extremo septentrional también la presión de la placa Norteamericana.
La consecuencia es que la corteza terrestre sobre la que descansa el país caribeño vive en constante estrés. Cuando el movimiento de las placas encuentra mayor resistencia, la energía que utilizan para su deslizamiento se acumula, hasta que la presión es tan grande que desemboca en una ruptura que da lugar a un terremoto.
Se considera que el temblor de magnitud 7,2 fue el precursor del doblete sísmico, de manera que la expansión de sus ondas fue la gota que colmó el vaso de la presión de otro punto de la falla, 10 kilómetros más superficial, ayudando a su ruptura 39 segundos después y provocando el segundo y más intenso seísmo.

El norte de Venezuela cuenta con una larga historia de grandes terremotos. Solo en 250 kilómetros a la redonda del epicentro del doblete sísmico del 24 de junio, ha habido siete terremotos de magnitud superior a 6 el siglo pasado. Además, en la presente centuria la zona experimentó un doblete superior a esa intensidad en 2025 y un temblor de 6,4 en 2009.
Sin embargo, el seísmo moderno más devastador ese ese área fue el que sacudió Caracas en julio de 1967. Entonces, el temblor, de 6,6, causó alrededor de 240 muertes, centenares de heridos y cuantiosos daños materiales, como el derrumbe de edificios de gran altura.
Se estima que el evento sísmico de hace dos días fue el más grande registrado en Venezuela en lo que va de siglo XXI. Desde luego lo es a nivel de daños. Hasta el momento el balance provisional de las autoridades contabiliza 589 víctimas mortales y 2.980 heridos.