La reciente sucesión de terremotos de una magnitud significativa en América Latina, como los de Venezuela, Colombia o Perú, y sucesos similares en países asiáticos como Japón o Indonesia, alimenta los temores y las preguntas.
Se especula sobre una posible conexión entre todos estos eventos, por lo que se ha vuelto más que común hablar de enjambres sísmicos y réplicas. Pero lo cierto es que aunque la actividad varía de un año a otro, existen rangos observados históricamente que no hacen que 2026 sobresalga de manera anómala.

La actividad sísmica no ha aumentado en los últimos meses. Desde que comenzó el año se han producido 11 terremotos de magnitud igual o superior a 7, según el registro que lleva a cabo el Servicio Geológico de EE.UU Una actividad usual, puesto que desde 2020 estos eventos oscilan entre los 11 y los 20 al año.
Los terremotos ocurren por los movimientos de las placas tectónicas y se concentran en sus bordes, donde friccionan unas con otras. El mayor ejemplo es el cinturón de fuego del Pacífico, el perímetro del mayor océano del mundo, que concentra cerca del 90 % de la sismicidad mundial.
¿Hay enjambre sísmico?
Lo sucedido con los con el doblete sísmico de Venezuela del 24 de junio; el terremoto de México del pasado 17 de julio o el devastador sismo en Colombia, el pasado 10 de agosto, no tiene nada que ver con un enjambre sísmico.
Los sismólogos denominan enjambre sísmico a cualquier conjunto de eventos de esta naturaleza que se manifieste en un área específica, delimitada durante un periodo de tiempo relativamente corto, normalmente de horas o días.

Por el contrario, en las réplicas se presupone la existencia de un terremoto principal al que siguen una cadena de temblores relacionados. Es decir, están causadas por el movimiento telúrico principal y son ajustes posteriores que buscan restablecer la estabilidad de la zona afectada.
En cambio, en un enjambre no hay un evento principal ni un gran terremoto que inicie una secuencia.
Las réplicas, como se ha visto recientemente en el caso de Colombia, son más numerosas inmediatamente después del sismo principal y su frecuencia tiende a disminuir según pasan los días y semanas. Es decir, siguen un patrón temporal, conocido como Ley de Omori.




