días recientes, concluyeron los VI Juegos Nómadas Mundiales, celebrados en Kirguistán. Si no habían escuchado sobre ellos hasta este año, no se culpen: es una iniciativa relativamente reciente que se abre paso en un mundo dominado cuasi monopólicamente por organismos tipo FIFA, FIBA o COI, que dejan poco o ningún espacio para otras manifestaciones deportivas.
Las disciplinas deportivas –que más bien deberían denominarse cultural-deportivas– que se practican en este evento en algunos casos pueden resultar vagamente familiares y totalmente exóticas al mismo tiempo y merece la pena comentar varias de ellas.
Por ejemplo, el ‘ordo’ es un juego de estrategia militar y puntería que se juega con huesos de articulaciones de cabras u ovejas (en castellano, a veces, se les dicen ‘tabas’), en el que los participantes tratan de derribar las piezas del contrario. También hay varios tipos de lucha agrupadas bajo el paraguas llamado ‘kurash’, una serie de artes marciales tradicionales muy populares en Asia Central.

Otra disciplina es el ‘salburun’ y sus diversas subcategorías, un juego de caza en el que los competidores se valen de halcones, perros ‘taigan’ (una especie de galgo kirguiso), arco y flechas, que en ocasiones deben disparar mientras van montados a lomos de un caballo.
Si antes les hablábamos de peleas digamos clásicas, a pie, el ‘er enish’ es una especie de mezcla entre lucha grecorromana y equitación, donde dos jinetes tratan de derribar al otro mientras cabalgan. Como pueden observar, en estos juegos el caballo es prácticamente un competidor más.
Por ejemplo, en otra de las categorías, llamada ‘tyiyn enmei’, los participantes deben tratar de recoger unas monedas del suelo mientras montan a caballo a toda velocidad. Sin detenerse ni bajarse por completo de la montura, obviamente.

Finalmente, destacamos el ‘kok boru’, donde dos equipos –cómo no, montados a caballo- se disputan un muñeco (tradicionalmente era el cuerpo de una cabra), de unos 25 kilogramos de peso y tratan de introducirlo en la meta rival. O, en otras palabras, una especie de polo originario, más propio de Genghis Khanes modernos que de miembros de ‘country clubs’ elitistas.
Esta edición contó con etnoatletas de más de cien países, muchos de ellos de naciones bien alejadas de Asia Central, pero con arraigadas tradiciones nómadas o, sencillamente, con personas lo suficientemente interesadas en ellas como para conocer y practicar alguna de las 43 competiciones ancestrales del evento. En total, asistieron unos 3.000 atletas, siendo Kirguistán, Kazajistán y Rusia las delegaciones más numerosas.




