La lluvia que acompañó a Managua durante toda la madrugada amenaza este domingo con alterar los planes del VI Campeonato Mundial de Béisbol Sub-23, aunque el pronóstico invita al optimismo.
Sobre la capital nicaragüense, el cielo todavía luce encapotado, las calles conservan la humedad de la noche y el movimiento incesante de vehículos dibuja desde temprano el pulso de una ciudad que parece no detenerse nunca.
El tráfico, intenso a cualquier hora, se mezcla con el bullicio de sus habitantes, los vendedores que comienzan a levantar sus puestos y esa cotidianidad centroamericana que transcurre entre el calor, la humedad y una hospitalidad que se descubre en cada conversación.
Según las previsiones meteorológicas, las lloviznas comenzarán a desaparecer alrededor de las 10:00, hora local, una noticia alentadora para los organizadores y las selecciones, pues todo apunta a que la jornada podrá desarrollarse sin mayores contratiempos.
Sin embargo, el agua no será el único protagonista de estos días, porque el calor aprieta en Managua y las temperaturas subirán durante las próximas tres jornadas, un desafío adicional para peloteros, entrenadores, árbitros y aficionados.
En Masaya, donde hoy coincidirán sobre el terreno el vigente campeón mundial, Japón, y la selección cubana, también llueve en las primeras horas, aunque las precipitaciones deberán disminuir progresivamente.
La preocupación por el estado de los terrenos tiene, no obstante, un buen respaldo en la calidad de las instalaciones, pues los estadios Nacional Soberanía y Roberto Clemente exhiben superficies de nivel de Grandes Ligas, preparadas para recibir un certamen de esta categoría.
Ayer quedó una muestra de esa capacidad de respuesta cuando las inclemencias del tiempo obligaron a interrumpir el partido entre Cuba y Sudáfrica, momento en que alrededor de 20 voluntarios desplegaron la lona protectora sobre la arcilla con una coordinación y profesionalidad admirables.
Fue una escena breve, pero reveladora, porque mientras los jugadores aguardaban por una mejoría del tiempo, aquellos hombres y mujeres trabajaban con rapidez para preservar el terreno y mantener viva la posibilidad de continuar jugando.
En ese gesto también se reconoce el compromiso de quienes hacen posible un campeonato que va mucho más allá de los nueve episodios, con trabajadores, voluntarios y aficionados que aportan su esfuerzo para que Nicaragua vuelva a convertirse en escenario de una fiesta internacional del béisbol.
Desde mi llegada a este país he encontrado razones para comprender por qué este deporte ocupa un lugar tan especial en el corazón de los nicaragüenses, cuya manera de hablar de una jugada, recordar a un pelotero o seguir el destino de su selección revela una pasión que no necesita demasiadas explicaciones.
Como periodista y amante del béisbol, resulta imposible permanecer ajeno a ese sentimiento, porque hay códigos que se reconocen sin importar las fronteras y emociones que hermanan a quienes hemos hecho de este juego una parte inseparable de nuestras vidas.
El trabajo periodístico, sin embargo, también ha tenido sus propios desafíos, pues las restricciones establecidas por los organizadores complicaron el acceso a los atletas y cuerpos de dirección de algunas selecciones, obligándonos a apelar a la experiencia, la paciencia y los recursos del oficio para conseguir testimonios en una zona mixta por la que no todos los equipos transitan.
A veces, cubrir un campeonato significa también aprender a encontrar las historias donde no están señaladas, esperar el momento oportuno, reconocer una oportunidad entre el movimiento de los protagonistas y entender que detrás de cada resultado hay voces que merecen ser escuchadas.
Mientras tanto, la competición comienza a entrar en una fase de mayores exigencias, con cada jornada elevando la temperatura deportiva y reduciendo el margen de error para las selecciones que aspiran a instalarse en la superronda.
La de hoy será especialmente importante, pues varios equipos se juegan buena parte de sus posibilidades de avanzar y cada lanzamiento, cada batazo y cada decisión desde los dugouts puede comenzar a inclinar la balanza en una carrera que promete emociones hasta el último out.
Managua amanece, así, entre nubes, humedad y pronósticos alentadores, pero también con la certeza de que el béisbol terminará imponiendo su propio clima, ese que se construye con rivalidades, sueños, sacrificios y la ilusión de levantar un trofeo.
Y si algo dejó claro este campeonato en sus primeras jornadas es que todavía guarda sus mejores historias, porque cuando la lucha por la superronda se intensifique y los favoritos comiencen a medir sus verdaderas fuerzas, lo mejor del Mundial Sub-23 de Nicaragua estará todavía por llegar.
Tomado de Prensa Latina




